
País de servidores y servidos sin clemencia. Amalgama de vestidos y coloridos se pasean a iguales trazos por la selva, por la mierda. Zapatos en cada suelo recogidos y pies descalzos, y caras negras.
Si una niña de pelo sucio que barre de rodillas el suelo que tu pisas te pide dinero y tienes que decirle que no (porque no sirve de nada, para no favorecer a las mafias, para animarles a que luchen de otra manera) y hasta poner cara de mal humor, verás como el cielo se hace mucho más pesado.
Después, dentro del tren, unos hombres muy simpáticos te dirán, con una enorme sonrisa blanca: "Nosotros no tenemos que hacer nada, tenemos servants en casa. ¡Ven a visitarnos cuando quieras!"
Sin clemencia. Y otra vez desde la ventana del tren verás en la parte que deja al descubierto su blouse y su sari, las costillas. Una, dos, tres, cuatro ... puedes contarlas. Y las casas de cartón, que se vuelan con el aire aunque tengan ladrillos colgantes, y las ratas de la estación.